Parroquia Ortodoxa San Martín de Tours

Iglesia Ortodoxa de Argentina


Carta de Msr Martin para todas las Parroquias

  

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Queridos amigos fieles,

 

Desde hace varios días, me anima un fuerte deseo de unirme a Uds. para compartir algunas reflexiones en estos tiempos atormentados, en los que la humanidad entera está sumergida en una prueba colectiva sin precedentes. En el marco de mi función episcopal, me fue dado estos últimos años meditar ciertos textos bíblicos cuya ardiente actualidad me conmovió profundamente. No pretendo ser un exégeta, sino simplemente un testigo de la fuerza de esperanza que ellos encierran.

 

El autor contemporáneo suizo, Michel Maxime Egger, en su hermoso libro La tierra como uno mismo, recuerda la intuición del filósofo católico francés Jean Guitton, que hace unos treinta años afirmaba: “La humanidad se acerca a un punto vertiginoso, donde deberá hacer la elección radical entre la ‘metástrofe’ y la ‘catástrofe’, la mutación de las consciencias y el suicidio cósmico1.

 

Hoy nos hemos acercado más a ese punto, ya estamos en él…

 

Los tiempos” están aquí, dolorosos y benditos a la vez, en que deben emerger grandes tomas de conciencia. Una era nueva está abriéndose; un profundo cambio de comportamiento es esperado; una revolución orquestada por el gran Maestro de Obra que es la Divina Trinidad está en marcha, con la radical reversión y las faltas de seguridad que implica. Entramos en un gran paso – una “Pascua” según la lengua bíblica – que concierne a la humanidad entera: la “Pascua de las Naciones” según la bella expresión de Annick de Souzenelle. Y no es anodino que la crisis que vivimos se revele en Occidente en el corazón de la Gran Cuaresma que nos prepara para celebrar la fiesta de Pascua.

 

La prueba es colectiva, y es muy ruda. Todos somos testigos de situaciones dolorosas en diferentes países del mundo. En un clima de confusión, emergen movimientos de miedo pánico, de cólera o de desesperación cuando se escuchan los informes alarmantes de las instancias médicas que orientan las decisiones políticas. Nuestro sistema socio-económico mundial muy complejo se revela finalmente muy frágil en una situación de crisis, y asistimos, impotentes, a las primicias de un posible derrumbe en cascada. ¿Cómo no sentir nuestro corazón conmovido ante la emocionada constatación de vidas humanas desaparecidas, de familias destrozadas por la enfermedad, o la precariedad profesional que ella produce? Pero también por el heroísmo del que algunos dan prueba, y pienso particularmente en todas las personas del cuerpo médico, cotidianamente comprometidas para sostener nuestra humanidad herida…

 

La prueba es muy ruda, pero como toda prueba, puede convertirse en lugar de emergencia de cuestiones esenciales, el lugar del Llamado de Dios que nos pone en movimiento: Adán, ¿dónde estás? y ¿Qué haces de la Vida que te di? A través de nuestra respuesta: ¡Heme aquí, Señor; henos aquí!, la prueba se convierte entonces en un acontecimiento al servicio de la apertura de la Consciencia, un lugar de “revelación de la Presencia de JesuCristo” que está produciéndose en el corazón del mundo según el texto del Apocalipsis de San Juan – Apocalipsis como “develación”.

 

Al encontrarse hoy con el coronavirus – Covid 19- la humanidad se enfrenta a un adversario bien individualizado (efigie del Satán ontológico) cuya función primera, si la comprendemos bien, consiste en despertar, estimular, vivificar las capacidades de defensa de “tropas” a menudo bien dormidas. “Estamos en guerra”, dijo muchas veces el jefe de estado francés en su última alocución. Oigámoslo en un primer nivel: debemos actuar en consecuencia, tomando en serio las prescripciones sanitarias para proteger al máximo los sujetos vulnerables: esto concierne a nuestra responsabilidad cristiana y ciudadana.

 

Pero hay otra guerra de la que no hablamos, ella también invisible, y que también deberíamos evocar. Es la “guerra santa” de la que hablan las Escrituras, exigente combate interior del ser humano consigo mismo y con todas sus tendencias egoístas, violentas, voraces que a partir de ahora debemos transformar y convertir en luz mediante una profunda voluntad de curar y de convertir nuestro corazón en la presencia de Cristo, Médico de almas y de cuerpos, y del Espíritu Santo… Al fin, este profundo trabajo de conversión y de integración de las sombras permitirá a la humanidad todavía adolescente entrar en una nueva consciencia, una mayor madurez. Esta prueba es iniciática…

 

Especifiquemos que el coronavirus es llamado también virus de la corona. Viene a apuntar en nosotros lo que nos hemos olvidado de honrar desde hace generaciones y que hoy nos convierte colectivamente en enfermos: del todo proyectados en la exterioridad, perdimos la huella de la “coronación” interior para la cual fuimos creados, perdimos el lazo con la Vida-Luz esencial, con la Fuente divina que Jesús llamaba su Padre. Este virus, en su función ontológica de adversario, nos invita finalmente a reencontrar el camino de la interioridad, a cuidar nuestra vocación de hijos e hijas de dignidad real, coronados de Luz… ¿Cómo? Golpeándonos fuertemente, para que nuestro caparazón de Terrestres, amurallados en tantos miedos, ilusiones e inconsciencia, se empiece a abrir… Para que podamos ser conducidos, colectivamente, hacia la genuflexión interior, signo de la humildad reencontrada… Al invitarnos con vigor a “quedarnos en casa” para “entrar en nosotros mismos” y escuchar la Voz que nos llama de las profundidades de la Vida: Vuelve hacia ti, vuélvete, hijo o hija de Luz, y escucha….

 

Posarse, re-posarse… solo, en familia o en comunidad y reencontrar el sentido de nuestra vida, el camino hacia nuestro corazón profundo. Experimentar la presencia palpable, viva, del Amor Trinitario que nos llama a su Encuentro.

 

En este tiempo de Cuaresma, elegido por algunos, y de confinamiento soportado por otros, estamos conducidos finalmente al desierto de nosotros mismos… La gracia del desierto es la experiencia de la carencia, que nos hace capaces de un encuentro inaudito con la Fuente misteriosa del Amor: Por eso te conduciré al desierto y hablaré a tu corazón (Oseas 2, 16).

 

La “Pascua de las Naciones”, que se revela más claramente desde ahora, es este paso que nos hace quitar un viejo mundo convertido en tierra de esclavitud para unirnos al mundo nuevo más espiritual; una nueva tierra habitada por el cielo, cuyos contornos aun no conocemos. El texto bíblico describe ese movimiento como un parto que no deja de ser doloroso. Los dolores de parto están aquí, la actualidad los grita con todas las incomodidades y las faltas de seguridad que implican. Deberíamos meditar largamente los grandes ejercicios que el Cristo enuncia en el capítulo 24 del Evangelio de Mateo, para acompañar este tiempo: Cuidado que no os engañen; mirad, no os alarméis, no tengáis miedo, pero también velad, orad, resistid.

 

Finalmente, es lo mejor que podemos hacer durante este tiempo de retiro en el desierto de nosotros mismos y en la ausencia forzada de los sacramentos conferidos por la Iglesia. Velar, orar, meditar, interceder, pedir perdón por todos, ayunar con discreción, santificar el espacio de la casa pero también el tiempo que nos es dado, celebrar, innovar…. Participar lo mejor que podamos de esta emergencia de la consciencia, participar en esta “partera” colectiva para temperar los dolores del parto, en un lazo renovado con la Virgen María, la Théotokos, la Madre de Dios….

 

El staretz Silvano, que vivió los últimos cincuenta años de su vida en el Monte Athos, decía: El mundo se sostiene por la plegaria; si la plegaria cesara, el mundo perecería. Él pensaba en la plegaria del corazón: plegaria de plegarias y corazón de la plegaria, manifestación original del Cristianismo, su patrimonio inalterado. Supongamos un instante que, perdido en el desierto, un hombre se sepa objetiva e irremediablemente condenado, privado de toda confesión, de toda parcela de la Eucaristía. ¿Qué puede hacer este hombre en esta situación extrema?... Solamente invocar el Nombre, con una confianza amante, absoluta, incondicional. Pascal ya lo escribió: Moriremos solos; aun si está rodeado por el cariño de los suyos, el agonizante muere en un desierto. Esto revela la actualidad de esta plegaria; pues no sólo morimos todos los días un poco, sino que morimos en los más temibles desiertos espirituales. Más aún: muchas tradiciones enseñan que el que muere se encamina hacia aquello con lo que se identificó en sus últimos momentos. La última imagen, la última palabra condicionan todo lo que sigue. El que muere repitiendo el Nombre divino tiene posibilidades de unirse a lo Divino. Por eso la importancia de la plegaria jaculatoria, en la que cada fórmula es una flecha lanzada al corazón de Dios: ¡Señor JesuCristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!

 

Perfecto instrumento de realización, la plegaria del corazón es también la actividad más discreta posible, podemos decir la más clandestina… Es otro aspecto de su modernidad. Más allá de todo culto exterior, Eucaristía invisible e inasible, la plegaria del corazón puede, en una situación límite, ocupar el lugar de la Iglesia: ella subsistiría intacta, no profanada, si el mundo quedara reducido al estado de ruinas calcinadas o de un Gulag planetario…”2

 

La inteligencia creadora en trabajo permitió, a través de este pequeñísimo virus, obtener lo que miles de discursos y de informes científicos de las últimas décadas no habían conseguido hacer: detener el sistema. Hoy, en China, se cuenta que algunos pueden contemplar de nuevo el azul del cielo que ya no conseguían ver detrás de las cortinas sombrías de las contaminaciones industriales; se dice también que el agua de los canales de la ciudad de Venecia está reencontrando sus hermosos colores…

 

Nada puede hacernos mal. Simplemente, debemos ser pacientes durante un cierto tiempo y Dios verá nuestra paciencia, quitará todos los obstáculos, todas las tentaciones, y veremos de nuevo, juntos, el alba de días gozosos y celebraremos la esperanza y el Amor que tenemos en JesuCristo Resucitado…3

 

Confiemos al Señor a nuestros hermanos y hermanas sufrientes por esta epidemia, sin olvidar al pueblo sirio – En Idleb o en otro lugar –, arrastrado en los caminos del exilio por la locura de la guerra, y tantas otras familias humanas en el mundo.

 

Pidámosle que nos colme de fuerza, de paciencia y de esperanza…

Calurosas bendiciones a cada una y cada uno…

 

 

En Flayosc, en la fiesta de San José el Justo, 19 de marzo 2020

 

Obispo Martin

EGLISE ORTHODOXE FRANCAISE/IGLESIA ORTODOXA FRANCESA

 

1 La Terre comme soi même (La Tierra como uno mismo), de Michel Maxime Egger. Genève: Labor et Fides, 2012. p. 20.

2 Athos, la montagne transfigurée, de Jean Biès. Paris : Les Deux Océans, 1997. p. 242.

3 Palabras de consuelo del padre Zacarías Zacaru, Monasterio de Essex, en Gran Bretaña.

 

 

 

 

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